16 de juny 2007

Venezia - Italia

Mágica ciudad, misteriosa, llena de secretos y leyendas de amor y muerte, de pena y alegría. Mi ruta empieza en esta ciudad que sí he podido gozar con mis propios ojos, que me ha cautivado, enamorado, me ha hecho vivir. Tan diferentes a nuestras calles, las suyas... Agua, vida que las inunda y nos obliga a pasearnos por ellas en distinguidas góndolas o en vaporettas corrientes. En verano se llena de actividad hasta resultar en ocasiones sofocante. A la orilla del Mediterráneo te absorbe la humedad del aire, el bochorno que te comprime contra el suelo como si no quisiera que te levantaras y observaras tantos puentes, iglesias, plazas y mansiones de hace siglos que todavía luchan con el Tiempo y siguen ganando su batalla día tras día, manteniéndose erguidas y majestuosas sobre las aguas. Palacios de antiguas princesas y hombres de bien, convertidos en hoteles y restaurantes que aparecen a ambos lados del canal, invitándote a acabar la jornada con una velada maravillosa.


Mi mirada envidiosa y analizante se para en una de esas góndolas majestuosas, que ha cautivado a una pareja que ahora entra en ella. Su maestro gondolero, con la camisa de manga corta de rayas blancas y azules y con pantalones negros, estrechos, sostiene entre sus manos el remo mientras un cuarteto vocal con la misma indumentaria que él entona una romántica canción de amor, acompañado del sonido de las olas y de un viejo acordeón. Lentamente, el maestro empieza a remar y se adentra hacia la misteriosa ciudad por el Rio Di Palazzo. A pocos metros se alza el Puente de los Suspiros, construción del s. XVII. Existe una leyenda muy azucarada y un tanto idealista (pero muy romántica y bella a la vez) acerca de dicho puente. La leyenda cuenta que a los amantes que pasen por debajo de él en góndola seran unidos en amor eterno para siempre; debe de ser por eso que ahora la pareja no puede dejar de sonreír, abrazados los dos y acurrucados en al parte posterior del barco, mientras los hombres siguen recitando bellos poemas de amor musicados y el gondolero, como un ser mecánico, va guiando a su amada, que surca sutilmente las aguas. El sol, tímido y ya cansado, se marcha lentamente y se funde con el mar. Como si fuese un helado que en nuestra mano se deshace, el agua se tiñe de colores rosáceos y anaranjados, en un marco perfecto para ellos dos e inolvidable para mí.

Pero el nombre del puente no se debe a los suspiros llenos de felicidad de los enamorados que se unen para siempre. El puente une el Palacio Ducal de Venecia con la antigua prisión de la Inquisición, y para acceder al puente existe un itinerario secreto que sólo los inquisidores conocían, que nace en las entrañas del Palacio Ducal. Por eso, cuando los prisioneros eran conducidos hacia los calabozos de la prisión, pasaban por dicho puente con sus almas entristecidas y ya desengañadas, muy conscientes que seguramente no volverían a ver ni el mar, ni el cielo, ni la luz del día iluminaría su rostro cada mañana; pues serían víctimas de las torturas y crueldades de los maestros inquisidores. Tal pesimismo es lógico que arrancara miles de suspiros de tantos corazones entristecidos y resignados a su destino.

Una bella y hermosa historia de amor y a su vez el relato de un destino cruel. Ambas historias en un mismo puente, en un mismo conjunto de piedras que recogen la esencia de lo que un día fue Venecia, de lo que alguna vez fue.


Esto es lo que los prisioneros veían desde dentro del puente. Detrás de la celosía, sin un rumbo aparente, su libertad desaparecía lentamente entre las aguas del canal hasta hundirse en un suspiro y desaparecer.

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