19 de juny 2007

Islandia

El país del hielo. Un lugar magnífico que admirar mientras la habitación está a 30 grados y va subiendo. Una isla perdida en medio del océano donde se mezclan distintos paisajes que se clavan en nuestras retinas y ya es imposible olvidarlos.

En general se podría decir que la mayor parte de la isla es un desierto de hielo y lava, inmersa en un ambiente fresco y apetecible en verano, en cambio los inviernos rigurosos hacen que la vida ponga a prueba a sus ciudadanos.

Sus costas las rodea el océano Pacífico, y si cierro unos instantes los ojos puedo ver aún los típicos drakkares vikingos surcando las aguas y acercándose a la costa. Hombres robustos y fondones, con largas barbas y casquillos con cuernos que consiguen desembarcar y colonizar la isla. Al abrir los ojos mi mente vuelve al presente y la magia de la historia de un país se desvanece pero no se marcha, permanece en un rinconcito de mi mente para siempre, para poder, en cualquier momento, volver a cerrar los ojos y revivirla otra vez.

Frío y calor se fusionan dando lugar a un espectáculo donde la naturaleza, con su fuerza suprema, pone las cartas sobre la mesa e impone su poder. Violentamente, chorros de agua hirviendo surgen de entre las pedrecitas del suelo y suben, y suben y suben hasta tocar las nubes y juntarse con ellas, para volver a bajar, y bajar, y bajar y desaparecer. El geiser se ha dormido... Pero no por mucho tiempo. Instantes más tarde vuelve a rugir la tierra y otra vez una columna de agua y fuego nos deja pasmados. Incansable. Es curioso tal muestra de fuerza y rigor. De pequeños pensamos que alguien ahí debajo juega con el agua tirándola hacia arriba haciendo surtidor, como si de una ballena gigantesca se tratara. Hombres de las nieves tal vez? Sigue siendo un misterio para mí cómo algo que parece ser inanimado a nuestros ojos puede provocar tal maravilla.

Protones, neutrones, fusiones... Una clase de química un tanto aburrida... Y un poco deprimente al pensar que eso luego no tiene ninguna utilidad, que solamente nos sirve para perder el tiempo. Pero jamás habría pensado yo que uno de los cielos más bellos del mundo se debe a la acción de tan minúsculas partículas, que tras chocar entre ellas y reaccionar con otros gases originan una tierna y fantasmagórica luz que llena el cielo de colores, como unos fuegos artificiales infinitos, inmortales, que no se apagan y siguen quemando con la misma fuerza que cuando los encendimos. La conocemos como aurora boreal, y en Islandia puede verse en invierno, en un festival de luz y color que no deja a nadie indiferente. Uno de los millones de motivos por los que también elegiría este país como destinación para un viaje inolvidable.

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